Ventana abierta, Niza, de Raoul Dufy

Open Window, Nice
Raoul Dufy. 1928 Óleo sobre lienzo. 65 x 53 cm. The Art Institute of Chicago | Fotografía: Galería de Flickr de Irina

La semana pasada tuve la oportunidad de visitar la exposición que ha dedicado el museo Thyssen Bornemisza al pintor de origen francés, Raoul Dufy.

Esta muestra, que cierra sus puertas el próximo domingo 17 de mayo, recoge una serie de obras que redescubren la faceta más intimista del pintor. También incluye los interesantes dibujos preparatorios para el Bestiario de Apollinaire, una de sus obras gráficas más reconocidas y valoradas.

Raoul Dufy fue un artista que se formó en el ambiente bohemio del Montmarte de finales del siglo XIX, en plena ebullición artística con la irrupción de las vanguardias posteriores al impresionismo.

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En sus primeras etapas, la obra de Dufy tenía influencia de los pintores impresionistas como Boudin o Camile Pisarro, hasta que visitó el salón de Otoño de 1905 y la obra de Matisse “Lujo, calma, voluptuosidad”, que le llevaron a inclinarse por la estética y presupuestos de la pintura fauvista. Su pintura se hizo más alegre y colorista, con una iluminación muy brillante.

Dufy utilizó el contraste de colores para definir espacios, alejandose de la perspectiva lineal o geométrica. De esta manera consigue dar la sensación de ser una creación espontánea en la que el color predomina claramente sobre el dibujo.

Esta obra representa una vista de la costa azul francesa, motivo recurrente en su obra y en la de Matisse, en la que vemos claramente los rasgos de su pintura fauvista, aunque también nos deja patente su gusto por el decorativismo y la fantasía que le sirvió para trabajar en el diseño textil y posteriormente en la decoración cerámica.

En el interior de la habitación vemos muebles de diferentes y contrastados colores (azules junto a verdes, rojos junto a amarillos, etc.), aunque la verdadera protagonista es la vista del mar que se aprecia por la ventana, cuyo reflejo podemos apreciar en el espejo del armario situado a la derecha. Un reflejo al que parece faltarle la luz del exterior encima de la barandilla y que no hace sino demostrar el alejamiento de la voluntad del artista de hacer una representación fiel del espacio, tal y como demuestra la posición de la mesa cuyas patas dibuja siguiendo una perspectiva diferente a la del tablero, que vemos como si de una vista aérea se tratara.

Una interesante exposición para descubrir a un artista al que le costó cierto tiempo alcanzar la fama en su época pero que es cada día mejor valorado por la singularidad de su estilo y su pintura, difícil de encasillar en uno u otro movimiento artístico.

Lirios de Vincent van Gogh

Lirios de Van Gogh
Vincent van Gogh. 1889. Óleo sobre lienzo. 71 x 93 cm. J. Paul Getty Museum | Fotografía: wikimmedia commons

Cuando hace unos meses comentábamos la obra “lis lirios” de Ogata Korin, mencionabamos cómo ésta y otras obras japonesas inspiraron a no pocos artistas de la bohemia parisina de finales del siglo XIX.

En concreto hacíamos referencia a este cuadro del genial Vincent van Gogh, por la evidentes similitudes entre ambas obras, al menos desde el punto de vista formal, como puede apreciarse por ejemplo en la representación aislada de los lirios con afán decorativo, en un espacio carente de perspectiva.

Aunque van Gogh hizo numerosas pinturas y grabados con los lirios como motivo principal, este tiene la peculiaridad de haber sido pintado durante su estancia en el sanatorio de Saint Rèmy tras haberse cortado la oreja y antes de sufrir el primero de sus fuertes ataques psicóticos mientras estuvo interno.

La obra está claramente influenciada por las estampas japonesas de la época ukiyo-e, como lo demuestran los colores planos propios de las xilografías, la ausencia de modelado, el punto de vista en un primer plano muy cercano de las flores, cuyo dibujo está perfectamente definido por una línea negra de cierto grosor como si de un grabado xilográico se tratara.

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Sabemos que Van Gogh se hizo acompañar por un celador del hospital para encontrar la inspiración para pintar durante sus largos paseos por los jardines del centro, porque decía que pintando era la única manera que el tenía de no dejarse llevar por su locura. Estos lirios serían elementos que encontraría en los jardines del hospital, al igual que la noche estrellada sobre el ródano es la vista que tenía desde su propia habitación en el hospital.

Es especialmente llamativo el punto de vista, muy similar al que se utiliza en fotografía para representar insectos o flores, es decir, un macro de cerca para poder distinguir todos los detalles.

La composición queda definida por las líneas onduladas y sinuosas de los tallos y las hojas de los lirios que parecen acompasados con las tonalidades cromáticas equilibradas de las flores entre el verde y el malva, únicamente “roto” por la flor de color blanco, que dirige la mirada del espectador hacia el lado izquierdo del cuadro.

Impresión, sol naciente de Claude Monet

El título original de esta obra de Claude Monet, “Impression, soleil levant” tiene la particularidad de dar nombre a uno de los movimientos pictóricos sobre los que más se ha escrito y que más atraen la mirada del público, los elogios de la crítica y la historiografía y las ansias inversoras de coleccionistas y marchantes de arte.

Desde el escándalo originado en 1863 por Manet con su “Desayuno en la Hierba”, el salón de los rechazados de París exponía las obras de los jóvenes artistas, más transgresores y modernos que los artistas que exponían en el salón oficial.

En 1874 surge la primera exposición anónima de los pintores, escultores y grabadores que luego darían nombre al movimiento. Monet presentó 9 obras, entre las que destacó ésta, que además sirvió a un crítico de arte para titular despectivamente la exposición en su crítica de la misma en el periódico.

Monet representa una escena del puerto de Le Havre al amanecer, en un momento de luz en el que la neblina provocada por la alta humedad apenas permite que los rayos del sol atraviesen las nubes e iluminen la escena, quedando como reflejos anaranjados tanto en el mar como en el cielo.

Destaca la representación de la humedad como elemento que condiciona la percepción del cuadro diluyendo unas formas que casi desaparecen por completo y que dejan al espectador una impresión e idea de un momento de luz, no una representación minuciosa y detallada de la misma.

La pincelada libre y rápida reduce las representaciones de los elementos (barcas, personas, muelle, etc.) a una mínima expresión, tal y como queda evidente en los reflejos del agua, que son simples pinceladas de color empastado y que el artista aprendió de William Turner durante su viaje a Londres a principios de los años 70.

Monet empezó a buscar su estilo personal tras aprender con pintores de la escuela de la Barbizon y, rechazando las posturas más academicistas, fue desarrollando una técnica personal y una libertad y esponteneidad a la hora de aplicar la pintura en el lienzo que lo convirtieron en el gran maestro del movimiento.

Para el artista la luz era el elemento esencial y debía ser captado y representado sobre la tela. Las formas dejan de tener importancia, lo que le lleva a eliminar el trabajo de estudio y la elaboración de bocetos en una actitud que podría haber sido influenciada por la inmediatez que daba la fotografía.

La clase de danza de Degas

Impresionismo
Edgar Degás. 1875. Óleo sobre lienza. Musée d’Orsay. Paris
Foto: Wikimmedia

Esta obra del pintor impresionista Edgar Degás es una de sus escenas de ballet más conocidas y se conserva en el Musée d’Orsay de París.

El artista capta un instante en la clase del reputado bailarín Jules Perrot, que a sus 64 años de edad todavía es capaz de transmitir sus conocimientos en el mundo de la danza.

Las bailarinas se arremolinan en torno al maestro conscientes de la importancia de seguir sus consejos para conseguir convertirse en bailarinas, que puedan dedicarse profesionalemente a la danza.

Toda la estancia está llena de muchachas bailando bajo la atenta mirada del maestro y de sus madres, que ocupaban unas butacas reservadas a tal efecto en el interior de la sala de ensayos.

A pesar del número de bailarinas, de las posturas y poses que adoptan y de las dos que coloca en primer plano, el verdadero protagonista del cuadro es el profesor.

Para enfatizar su figura entre todas las bailarinas Degás recurre a un efecto óptico que le sirve para dar sensación de profundidad y que logra gracias a las líneas diagonales que traza en el suelo y que convergen hacia la mitad derecha del cuadro.

De igual manera ayuda el concentrar las figuras en la parte opuesta hacia la parte donde se dirigen las líneas, mucho más libre de personajes.

Con este tipo de perspectiva su intención es la de hacer al espectador del cuadro participe de la escena al reforzar el dinamismo y la inquietud que genera un cuadro que dirige la mirada continuamente hacia la derecha de la obra.

Es por ello que su intención es clara: insertar al espectador dentro de la obra. La perspectiva que utiliza, con el punto de fuga hacia la derecha, refuerza esta sensación de dinamismo, de inquietud y de movimiento, que consigue gracias a la colocación de las bailarinas en posiciones diferentes (y a veces casi imposibles) .

Su interés por la luz, como buen impresionista, está presente en todas sus obras a través de la luz que entra por las ventanas y su reflejo en los espejos de las salas de ensayo y los blancos de los vestidos de las bailarinas, que permiten resaltar los rojos, verdes y amarillos de los lazos de sus vestidos.

La mayoría de las escenas de danza de Degas muestra el esfuerzo y el intenso trabajo de las muchachas por poner una obra en escena. Se convierte de esta manera en el pintor de lo que hay al otro lado del telón, del maravilloso mundo del aprendizaje, más que del esplendor del espectáculo.

Aunque es conocida la afición y el gusto del pintor por representar escenas de bailarinas, tenía preferencia por capturar los momentos de ensayo, donde la improvisación y la naturalidad le permitían representar el momento de luz y de movimiento más adecuado en cada momento. El artista comparaba el ballet con la pintura por ser dos formas de arte que exigen máxima precisión y equilibrio para alcanzar la perfección.

Los jugadores de cartas de Cézanne

Jugadores de naipes
Paul Cézanne. 1895. Óleo sobre lienzo. 48 x 57. Musée D’Orsay. París
Foto: Wikimmedia

Este cuadro de Cézanne es además de una de sus mejores obras la última de una serie de cinco cuadros que se hizo famosa porque una de ellas alcanzó el máximo precio que se ha pagado por una obra de arte en una subasta: 250 millones de dólares.

La serie es una obra de madurez del artista, en la que se aprecia el gusto del pintor por representar personajes de volúmenes rotundos en espacios que parecen decorados teatrales.

En la secuencia de obras de la seire vemos como Cézanne va simplificando la obra hasta reducirla a la mínima expresión de figuras, con el número básico que necesitaba para representar a dos personas jugando a las cartas.

Para conseguir focalizar al máximo la atención del espectador en los jugadores de cartas, Cézanne distorsiona la perspectiva de la obra y se sirve de la botella de vino para reflejar la luz e iluminar a los personajes.

Aunque parece una escena anecdótica, en este caso representa a campesinos de Aix y a un personaje conocido: Vallier, el jardinero de la finc de su padre en Jas de Bouffan.

El colorido del cuadro está basado en tres colores: azul, amarillo y rojo que redundan en la austeridad formal del cuadro, que deja evidente en las pinceladas con las que representaba un reflejo, una sombra, el bigote o un ojo de uno de los hombres.

El hombre de la izquierda viste una chaqueta de tonalidades grises y amarillentas similares a la tonalidad del pantalón de su contrincante.

Cézanne representa a los dos personajes concentrados en su partida de cartas, con los codos apoyados sobre la mesa, más allá de la que se adivina una ventana con un paisaje al fondo de la habitación. Es en el fondo de la habitación donde Cézanne utilizó un colorido con abundantes tonos rojizos que hacen juego con el mantel y la mesa.

Aunque inicialmente Cézanne se iniciara en el impresionismo su pintura evolucionó hacia presupuestos pictóricos cercanos al cubismo, con la supremacía de las formas sobre los colores y por la simplificación máxima de los efectos de luz, que como en el caso del reflejo de la botella de vino se limitan a una pincelada continua.

 

 

 

Serie de los Jugadores de cartas de Cézanne
Fotos: Wikipedia

La barca durante la inundación en Port-Marly de Sisley

La barque pendant l'Indonation
Alfred Sisley. 1876. Óleo sobre lienzo. 50 x 61. Musée d’Orsay. París
Foto: wikimmedia

Esta obra forma parte de una serie de seis cuadros que pintó Alfred Sisley durante la inundación por el desbordamiento del rio Sena que tuvo lugar en Port Marly, donde el pintor tenía su residencia, en 1876.

Estas inundaciones supusieron para Sisley una oportunidad de pintar uno de los elementos que más le obsesionaron durante su obra: el agua y como los destellos de luz reflejada en ella influían en los demás elementos representados en la obra.

Alfred Sisley
Foto: arteespana

Sisley fue junto a Monet uno de los impresionistas más puros y que mejor supieron plasmar los matices cromáticos de los distintos momentos de luz de un día y de la influencia de factores meteorológicos como brumas, nieblas o el reflejo de la nieve en una mañana anticiclónica.

Su exclusiva dedicación al paisaje la plasmó en su obsesión por el paisaje fluvial y la influencia de los reflejos del agua, no sólo en los objetos circundantes, sino también en el medio humano de los alrededores.

Esta serie destaca en buena medida porque el ser humano es en parte protagonista de estos paisajes. A menudo se habían representado paisajes de inundaciones, pero nunca hasta ahora se había representado la influencia de estas circunstancias en un medio habitado.

Las dos versiones con la barca delante de la tienda del comerciante de vinos de la Rue de París se conservan en el Musée d’Orsay. Destaca también la versión de la colección Carmen Thyssen Bornemisza, en la que puede verse como la localidad ya casi ha vuelto a la normalidad tras la inundación.

Todas las versiones comparten una composición y diseño de la superficie pictórica similar: a la izquierda del cuadro edificios y a la derecha el campo. Sisley divide el lienzo en dos partes para representar cómo afectaba la inundación al hábitat humano por un lado y al natural por otro.

Sisley en ningún momento añade nada a la composición que incida en tragedias humanas ni catástrofes.

La violencia de estas crecidas nos hacen pensar que las escenas son completamente imaginadas por el artista, ya que no vemos realmente ninguno de los devastadores efectos que tenían estas avenidas en las poblaciones por las que discurría el río Sena en la época. Al contrario, Sisley representó a los hombres sobre la barca, más que en una escena de rescate y salvaguarda de enseres personales, en una escena de esparcimiento y paseo por un lago, con un aspecto que recuerda a los gondoleros venecianos.

Aunque Sisley nunca alcanzó gran renombre en su época y murió en la misma pobreza en la que vivió toda su vida ya que sus cuadros no fueron apreciados hasta casi el momento de su muerte. Afortunadamente el tiempo fue poniendo las cosas en su sitio y hoy es considerado como uno de los mejores y más puros pintores impresionistas de su tiempo.

El beso de Toulouse Lautrec

The Kiss
Henri de Toulouse Lautrec. 1892. 39 x 58. Óleo sobre lienzo. Colección particular
Fotografía: Wikimmedia

Esta obra del pintor francés Henri de Toulouse Lautrec es una de las 16 pinturas que le encargó en 1892 el propietario del prostíbulo de la rue d’Ambroise para decorar el salón principal del establecimiento.

El proyecto incluyó un ovalo en el centro del salón principal con los retratos de las prostitutas que trabajaban en el local, en lo que supone una demostración de la enorme capacidad del pintor para el retrato, género que dominaba a la perfección dadas sus excelentes dotes artísticas.

Las obras representan todas ellas un tema común: el lesbianismo de las chicas del burdel, que parecen encontrar en sus compañeras el cariño y el amor que no reciben de sus clientes.

El tema de la prostitución, al igual que en buena parte de su obra, está presente en algunas de las láminas en las que representa a las mujeres trabajando en el interior de un burdel que él visitaba frecuentemente.

Toulouse Lautrec trataba ambos temas con gran sensibilidad y naturalidad fruto de su amistad con la mayoría de ellas.

Lesbianas en la cama
“En la cama”. Henri de Toulouse Lautrec. 1892
Fotografía: Wikimmedia

El artista representa las escenas como si fuera un reportaje en el que las protagonistas no son conscientes de que están siendo representadas por el pintor, lo que ayuda a incrementar la sensación de naturalidad del conjunto.

Toulouse pinta sin reservas ni tapujos el cariño y la sexualidad de las prostitutas, tanto entre ellas como con sus clientes..

En “el beso” sitúa a las figuras en una postura complicada en un gran escorzo con una línea diagonal que domina la composición a través del color rojo de la ropa de cama, que aplica en pequeños trazos de pintura.

Las sombras coloreadas de las mujeres y el contraste de tonalidades acercan esta obra al estilo impresionista que, si bien no practicó de forma “académica” y rigurosa si que conocía sus logros y los integró en una pintura muy personal, por lo que nunca se le incluyó dentro del grupo.

Estamos ante uno de los mejores ejemplos de la serie de paneles decorativos en los que Touolouse Lautrec representa la vida bohemia en un burdel de Montmartre como si de un fotógrafo se tratara.

La Vicaria de Mariano Fortuny

Esta es la obra maestra de uno de los artistas más importantes y valorados del siglo XIX en España: Mariano Fortuny.

La obra fue pintada con motivo de su boda con Cecilia de Madrazo, hija del famoso retratista Federico de Madrazo.

En el cuadro, del que hizo un primer boceto preparatorio sobre una pequeña tabla de madera, representa una escena nupcial de su propio casamiento en Madrid en noviembre de 1867.

Fortuny no representa ninguno de los momentos álgidos de este tipo de ceremonias, sino que se centra en el momento en el que los testigos que asistieron al enlace firman en el libro para dar fe del enlace.

El acto de la firma no tuvo lugar en el interior del templo sino que sucede en la sacristía, separada de la iglesia por una magnífica reja que Fortuny pintó inspirándose en la rejería de una iglesia romana que tuvo oportunidad de ver en una de sus múltiples estancias en la ciudad, en la que vivió en repetidas etapas de su vida.

Los invitados se agolpan para firmar mientras a la derecha vemos sentados en un banco y ajenos a cualquier protocolo unos majos y un torero.

Sabemos que Fortuny utilizó a su propia esposa como modelo para representar a tres mujeres: la que habla a la novia, la rubia y la que se gira dando la espalda al espectador. También utilizó a sus cuñados Raimundo de Madrazo e Isabel para representar otras figuras del cuadro, tal y como hacía con frecuencia.

Con esta obra hace además un retrato realista-costumbrista de la época en la que no faltan el clérigo, el torero, las majas y majos o el militar.

Fortuny diseñó la escena con la idea de dar sensación de que el espacio en el que tiene lugar la escena es mayor de lo que en realidad es, al igual que el cuadro. Para ello se sirve de un recurso muy eficaz basado en la distribución de las figuras en “sub-escenas” aisladas, que componen un conjunto en el que la imagen principal pierde protagonismo, dándonos así la sensación de que el cuadro y la escena son de mayor tamaño.

Esta obra aúna como ninguna otras las cualidades de Mariano Fortuny como pintor: un dominio absoluto del dibujo demostrado en el detallismo y preciosismo de todos los detalles por pequeños que fueran, virtuosismo en la utilización del color y la variedad de tonalidades y efectos que reflejan gracias a una utilización del color que anticipa algunos del los logros que alcanzaron los pintores impresionistas, de los que sin duda el es uno de los precursores en España.

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